Marilina Vergara Polo

El Festival de Cine de Panamá 2026 hizo que me reconciliara nuevamente con mis semejantes. Es alentador saber que, en un mundo de liderazgos errados, con situaciones convulsionadas y sangrientas, inhumanas, presiones políticas, devastación y tristezas, existe también la voz de quienes van en contracorriente con mensajes de esperanza. Contar historias de lucha, de candor, de perseverancia, de trabajo, de retos y de amor es una manera válida de sobrevivir en medio del caos.

Este año viví el festival exclusivamente desde la Ciudad de las Artes, un espacio que se presta de por sí para respirar. Y si lo que se respira son buenas producciones, mucho mejor.

Empecé mi maratónica jornada con el documental Let Me Paint My World For You (Andrea Christina Furrer), una película en la que siete artistas – autistas nos enseñan que el arte es el medio de comunicación (y de comunión) más efectivo. A través de su arte la inclusión deja de ser una utopía para ellos y los eleva en una sociedad con la que muchas veces nos chocamos por incomprensiva, insensible y falta de empatía. Gracias a su inmenso talento, estos artistas han encontrado un espacio seguro que les garantiza una estadía más amable en el mundo.

De Calle Málaga (Maryam Touzani) destaco el desnudo de Carmen Maura a sus 80 años. Y no en una escena, sino en dos. Con una relación fracturada entre madre e hija, esta octogenaria no permite de ninguna manera que otros tomen el control de su vida. Se aferra y defiende su cotidianidad en un Tánger (Marruecos) multicultural, milenario, sonoro y que le da la oportunidad de encontrar nuevamente el amor con todo el brío y la frescura de una adolescente.

Cuando escucho una canción de trova no puedo evitar pensar que es el género musical de los sueños rotos, de un futuro que no llegó, como lo dicen las fuentes de información que utilizó Fabien Pisani en su documental Para vivir: el implacable tiempo de Pablo Milanés. Viendo este hermoso homenaje que le hizo a su padre (Pisani es hijo de crianza de Pablo), entramos a convivir con este genio musical en su intimidad, en sus postrimerías, cuando tuvo que salir de Cuba para tratarse una enfermedad en Madrid. Pero a través de testimonios de otros grandes como Chico Buarque, Fito Páez, Ana Belén, Víctor Manuel, Silvio Rodríguez y Harry Belafonte hacemos un recorrido por una vida artística – y personal – inconmensurable en el más amplio sentido de la palabra (se casó cinco veces y, entre propios y de crianza, tuvo nueve hijos).

Siempre afirmamos que, entre los latinoamericanos, no nos conocemos. Poco nos visitamos, poco nos leemos, poco nos vemos entre nosotros. Con Cordillera de fuego (Jayro Bustamante) aprendí de la riqueza natural y cultural de Guatemala, de las injusticias que se cometen – casi en todas partes – con los pueblos originarios. Bustamante habló con el público y nos contó de ese maravilloso laboratorio cinematográfico que tiene en su país. Cada una de sus producciones son oportunidades de aprendizaje y de crecimiento para la cinematografía de su país. Cordillera de fuego contó con la participación de varios actores naturales y por eso se sintió dolorosamente auténtica.

Antes de ver El canto de las manos (María Valverde) ya admiraba a Gustavo Dudamel, y ahora, después de conocer sobre esta linda iniciativa que tuvo en su Barquisimeto natal, mi admiración y respeto por este director musical venezolano crecieron exponencialmente. Como hijo de “El Sistema” Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, Dudamel quiso celebrar los 250 años del nacimiento de Beethoven con el Coro Manos Blancas, un grupo de jóvenes con discapacidad auditiva, quienes interpretaron Fidelio, la única ópera escrita por el compositor alemán. El documental nos relata la historia de éxito de estos jóvenes humildes y resilientes que encontraron en el arte – de nuevo – una vía para encajar en el mundo y convivir armoniosamente en una sociedad que ocasionalmente les había volteado la cara.

La comedia Sana y salva (Ari Maniel Cruz) es un retrato de lo absurdo que puede ser nuestra región latinoamericana, nos recuerda que nuestra idiosincrasia es generosa, pero que también podemos ser salvajemente crueles. Al final, nos queda el mensaje de hermandad entre los pueblos, en este caso, República Dominicana y Puerto Rico.

Otra comedia, sencilla e inteligente, es Un cabo suelto (Pavlo Ostrikov), en la que vemos a un policía huyendo de dos colegas corruptos valiéndose de las maneras más creativas posibles.

Como cada año, la programación del IFF ha sido la mejor posible. Gracias.