Nacido en Marsella, Francia, Philippe proviene de una familia burguesa, campesina y un poco disfuncional, dedicada a pequeños oficios, como la ebanistería. Cuando no se dedica al arte, la pesca o el motociclismo, Philippe ejerce como jefe regional de la Cadena de Suministro de Sanofi, carrera que le ha permitido viajar a distintos países. A lo largo de su vida, la dualidad entre su rigor profesional y su libertad artística le han sobrevivido el tiempo y las restricciones. A sus 62 años de edad, cuenta que continuará sus pasiones fotográficas y volverá a la ebanistería. Seguirá pintando por placer  para seguir soñando con un mundo donde el arte sea un apoyo a nuestra intemporalidad.

¿Por qué hacer arte?

Uno puede vivir sin el arte y contentarse con comer y dormir. Pero vivir, para un humano, no es solo tener un paquete de órganos funcionales: “la verdadera vida” es espiritual. Cada uno tiene en sí mismo la necesidad de crear, de elevarse por encima de lo cotidiano. El arte nos libera: permite evadir el conformismo y la resistencia a los prejuicios. ¿Por ello es amordazado en sociedades lideradas por una élite, dictaduras religiosas, populistas, políticas o consumistas? Un día, Panamá deberá hacer frente a su necesidad de libertad y de identidad colectiva.

¿Cómo describe la cultura panameña?

Tras la independencia de Panamá en 1821, la cultura siguió siendo esencialmente española, evidenciado en las iglesias esparcidas por todo el país. Luego de la separación de Colombia en 1903, los norteamericanos se instalaron como en territorio ocupado y hubo actos de resistencia como los de enero de 1964. De esta resistencia se construyeron las primeras piedras de la cultura panameña. De esta invasión se tejieron los cimientos de un país que mezcla la cultura autóctona indígena, las manifestaciones religiosas y la influencia de los caribeños. Las tradiciones culinarias resisten a la mala comida de los gringos. La literatura se libera con Ricardo Miró, José María Núñez, Rogelio Sinán y Amelia Denis de Icaza. La danza folclórica es el mejor ejemplo de integración de muchas fuentes entremezcladas, sublimada por la belleza de sus mujeres en la pollera. El congo, el calipso, el merengue o la salsa dan el ritmo del buen humor panameño. Muchas culturas panameñas están ligadas a su historia, su naturaleza, su religión y su Canal. Hay expresiones que solo se escuchan aquí: “¡Tilín, tilín y nada de paleta!”. Pero toda tradición es frágil. Y la ausencia de medios de preservación, el exceso de las modernizaciones, la urbanización o el fácil acceso al consumismo en los jóvenes arriesga tapar esa identidad colectiva y devolverla a ciertos clichés turísticos. La pérdida de las tradiciones conduce a la pérdida de los valores propios de un pueblo. Es como una forma moderna de colonización.

¿Qué opina de los artistas panameños?

Para ser un país joven, la base histórica de la pintura panameña es sólida: Roberto Lewis, Alfredo Sinclair, Guillermo Trujillo, Chong Neto, Julio Zachrisson. Luego tienes esta generación multicultural mezclando estilos, como Brooke Alfaro, Olga Sinclair, Achu Kantule, Tabo Toral o Isabel de Obaldía. Y la nueva generación es bella con Francisco Merel, Jonathan Harker o Donna Conlon. Recientemente, me topé con un joven pintor de 23 años, Miguel Tello, quien probablemente será uno de los grandes. Panamá ha sido incluso una tierra de bienvenida para los artistas, así como París a principios del siglo XX.

¿Por qué escogió la fotografía como medio de expresión artística?

Es una tradición en la familia. Ella me escogió a mí. Escogí un género de la fotografía: el retrato. Avedon o Nadar me fascinaron. Una buena fotografía se vuelve ajena al tiempo. Ofrece una realidad atemporal que no varía en función al tiempo, que es de todos los tiempos y que escapa de la realidad material de las cosas. La fotografía ofrece la posibilidad de vivir eternamente en el presente.

¿Tiene nostalgia por Francia?

Me fui de Marsella a los 29 años. Dejé mi familia, mis amigos, mis puntos de referencia, mis zonas de confort, mi lengua, mi cultura… Por un momento, caí en la imagen romántica del viajero en búsqueda de una tierra de acogida. Inglaterra, Estados Unidos, París, Vietnam… Y luego llegué a Panamá. Recuerdo mi primera visita a Taboga en noviembre de 2005. Instantáneamente, los olores a sudor, alquitrán, sal, mar y excremento de aves se mezclaron con los sonidos de las olas sobre la madera de los botes, los gritos de los pájaros, los sonidos de las voces transportadas por el viento. Apareció la imagen de Marsella en mi infancia. Mi nostalgia se resolvió ese día. Meses más tarde, compré una casa y me casé, reaprendí el significado de la familia, la alegría de vivir, existir y aceptar mi pasado como una bendición y mi futuro como un privilegio. En Panamá tengo una casa, pero no “raíces”. Aquí no tengo antepasados, no nací y no viví mi infancia, pero estoy en mi casa. Francés de Marsella, francés de Panamá. Sobre una bandera con los mismos colores azul, blanco y rojo, establecí un puente afectivo que atraviesa el tiempo, como un barco que llega a una bahía donde Marsella y Panamá comparten el horizonte.